Jala una palanca para que salga una venta.
A veces pienso que en marketing vivimos persiguiendo
un manual que nadie ha visto.
Un libro sagrado que supuestamente resolvería todo: el cliente entendería,
las ventas subirían, y cada campaña funcionaría como un reloj suizo.
Pero en la vida real, trabajamos rodeados de creencias que ya deberían
estar guardadas en un museo.
Y una de las más tercas es esa fantasía de que las campañas funcionan
como máquinas expendedoras de refrescos.
Echa tus $20… y sale una lata.
Sin fallar.
Sin variaciones.
Sin contexto.
Espero que no pienses así:
“Ya pagué la campaña, ¿por qué no está entrando la gente?”
Como si el marketing operara en el vacío, como si las decisiones de tus clientes
no dependieran del mundo real donde viven.
Tus clientes compran dentro de un ecosistema vivo,
no dentro de un laboratorio controlado.
Hay meses donde están ahorcados por inscripciones escolares, útiles, uniformes, seguros, gastos de regreso a clases.
Hay quincenas donde el país entero está tenso por temas políticos, crisis económicas, inflación, elecciones, paros, rumores.
Hay semanas donde simplemente la ciudad se mueve diferente: más calor,
menos tráfico, más eventos, menos ánimo, más incertidumbre.
Y todo eso le pega al bolsillo, al humor, y a la capacidad de decidir.
No existe campaña que supere un entorno social adverso
o un cliente con prioridades inevitables.
El marketing no es una palanca que se jala para que salga una venta.
Es navegar en un mar donde la marea cambia cada semana.
No te engañes pensando que el rendimiento de tu campaña
es una ecuación perfecta.