Joven, deme seis al pastor… pero rápido, traigo prisa.

Esa noche la taquería estaba llena.

Humo de trompo de pastor, cebolla tronando, y un olor a cilantro
que te hacía sentir en casa aunque no lo estuvieras.

Y ahí, entre el mareo de los platos metálicos
y el sonido del taquero golpeando la plancha,
se apareció un tipo impaciente que quería comer.

Entró directo al grano:
"Joven, deme seis al pastor… pero rápido, traigo prisa".

El taquero lo miró de reojo.
Ni saludo, ni sonrisa, ni el clásico: “¿Qué onda, jefe, cómo anda?”
Nada.
Puro trámite.
Pura urgencia.
Pura transacción.

Y mientras lo veía, me di cuenta que la mayoría vive así.
Quiere tacos sin conversar.
La salsa sin ganarse la confianza del taquero.
El resultado sin la historia.

Porque los tacos, como la vida, tienen ritual.

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