La gente consume lo que le hace sentir bonito.

Aunque sea caro, lejano o hasta si le hace daño.
Aunque duela. Aunque cueste.
Aunque la factura llegue después con intereses.

El ser humano es un animal terco y ahí está la verdad escondida.

No compramos productos.
Compramos señales de identidad.
Compramos alivio.
Compramos pertenencia o un respiro emocional.

Si tu marca no hace sentir, no existes.

Por eso las marcas que ganan no son las más baratas ni las más bonitas: son las que entienden la punzada interior de la gente y la acarician tantito.

El mercado y el corazón humano comparten la misma regla:
seguimos lo que nos hace sentir vivos, aunque no sea lo más sensato.