Un jugador los usó una noche histórica.
Una oficina vacía.
La pantalla ilumina la cara de un emprendedor que tiene esa mirada clásica
de “ya no sé si cobrar lo justo… o lo que necesito para no quebrar”.
Hasta que entra su socio y le suelta:
"La gente no te compra a ti. Se compra a sí misma".
El cliente no paga por lo que tú viviste al crearlo…
paga por lo que él quiere sentir al tenerlo.
Por eso un reloj que da la hora igual que cualquier otro,
pero con una corona grabada, se vende como si marcara el destino.
Por eso unos tenis que costaron 20 dólares fabricar,
se disparan a miles solo porque un jugador los usó una noche histórica.
Por eso alguien dona millones a una universidad,
no porque esté en ruinas, sino porque quiere ver
su apellido en una placa de bronce.
Es la historia que el cliente quiere contar.
El precio no vive en tu empresa.
Vive en la cabeza del que está listo para comprarlo.
Y esto separa a quien sobrevive… de quien vende.
Tu calidad te hace bueno.
La empatía te hace rentable.