Y duele.

Ves a tu cliente creciendo, presumiendo, abriendo locales,
comprando más inventario, contratando más gente…
y tú le sigues cobrando lo mismo que cuando apenas arrancaba.

Y duele.
Duele porque tú fuiste parte.
Tú estuviste ahí, empujando cuando nadie veía nada.
Tú metiste horas, ideas, estrategia, nervios y coraje.
Y hoy ese cliente vive en modo expansión, mientras tú sigues en modo sobrevivencia.

Hay una parte de ti que sabe la verdad: no estás cobrando lo que vales.
Y no porque el cliente sea malo… sino porque tú mismo has postergado ese brinco.

Si fuiste capaz de escalar a otros, puedes escalar tu propio valor también.
Esa habilidad ya la tienes, nomás no te la aplicas.

Solo necesitas tratarte con la misma estrategia, respeto y visión con la que has tratado a tus mejores clientes.

Si tu impacto crece, tu precio también.
Porque nadie te va a ofrecer más por iniciativa divina.

Eres tú quien tiene que levantar la mano
y cobrar lo que vale el peso real de tu trabajo.