Chipotle ganó porque no se estorba a sí mismo.

Chipotle no se volvió un gigante vendiendo burritos.

Se volvió un gigante porque entendió una verdad que casi ningún restaurantero quiere ver: la gente no te paga por tu menú, te paga por tu sistema.

Mientras el mundo abría cocinas que parecían laboratorios de gastronomía: treinta platillos, salsas especiales, inventarios imposibles, Chipotle hizo lo contrario. Cortó el ruido.

Tiró la grasa operativa. Se quedó solo con cuatro cosas: burritos, bowls, tacos y ensaladas. Cuatro.

Y con eso creó una de las máquinas de crecimiento más agresivas del fast-casual moderno.

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