Corona: aprender a viajar sin pasaporte.

En Oaxaca, antes de que empezara el brindis, faltaba un invitado.

No era un gobernador.
No era un artista.
No era un empresario de traje caro ni un apellido de revista.

Era el dueño de una tiendita.

Y Daniel Cocenzo, presidente de Grupo Modelo, no quiso empezar sin él.

La escena parece pequeña, pero no lo era.

Porque una marca de cien años no se levanta solamente en oficinas con aire acondicionado, ni en juntas donde se proyectan gráficas bonitas, ni en discursos donde todos dicen “innovación” hasta gastarle el filo a la palabra.

Una marca de cien años también se levanta en la tiendita de la esquina.
En el refrigerador que zumba. En la hielera que espera el sábado.

En el tendero que sabe quién compra lata, quién compra familiar, quién llega por una después del trabajo y quién pide “la de siempre” sin decir el nombre.

Por eso Cocenzo esperó.

Porque tal vez entendió algo que muchos directivos olvidan cuando suben demasiado alto: la cerveza vive en la mano de la gente.

Y las marcas grandes, cuando todavía tienen alma, entienden los símbolos.

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