Hay partes de su vida que están quemándose lento.

El tipo llega a su casa tarde otra vez. Deja las llaves en la mesa, se sirve un vaso de agua que no quiere, se sienta en el sillón sin prender la tele.

Solo… respira cansado. Abre el celular porque es lo único que no exige nada.

Primer anuncio:
Un hombre manejando de noche, comiéndose un burrito frío en el estacionamiento de un Seven.

Texto: “Cenar solo no significa estar solo… pero tampoco debería ser tu rutina.”

El tipo siente un pequeño jalón en el pecho.

Scroll.

Otro anuncio:
Una mujer caminando al amanecer, ojerosa pero decidida.

“Todos dicen que el éxito se paga caro. Nadie te dice que también puedes pagarlo con tu salud.”

Él piensa en su espalda. Piensa en su estómago. Piensa en cómo dejó de hacer ejercicio “por falta de tiempo”.

Scroll.

Un video de alguien acomodando su escritorio a las 11 pm.

“Ser responsable de todo no significa estar disponible para todo.”

Ese le pesa.
Porque él sabe que nunca se pone límites.
Nunca.

Scroll.

Último anuncio:
Una mesa servida para dos.
Una taza aún humeante.
Silencio cálido.

Texto: “Si siempre estás apagando incendios… ¿cuándo te sientas a ver tu propia vida arder?”

Lo detiene.
No por dramático, sino porque es cierto.
Porque hay partes de su vida que están quemándose lento y él ni siquiera voltea.

Cierra el celular.
Por un momento no piensa en métricas, ni pendientes, ni crecimiento.
Piensa en él.
En lo que quedó atrás.
En lo que todavía puede arreglar.

No sabe si va a comprar el curso, o el café, o la membresía.

Pero por primera vez en semanas siente que alguien
(aunque sea un anuncio) lo vio. Lo entendió. Lo tradujo.

Así funciona la emoción como disparador de compra.