Las campañas que funcionan no son las más bonitas.
“Oye, ¿por qué esta sí jaló… y la otra no?”, preguntó el dueño de la empresa.
Revisando por qué esa campaña se disparó en ventas, mientras otra de la misma empresa, mismo presupuesto nomás hizo ruido, llegué a que la diferencia estaba en tres preguntas que ni parecen de marketing, parecen de negocio:
¿Qué los detiene de comprar?
¿Qué es lo más sencillo que les puedo prometer sin sonar a vendedor de feria?
¿Cómo les pruebo en menos de 10 segundos que no estamos inventando?
Una sola cosa. La que realmente les frena la mano cuando están a punto de decidir.
Algo tan concreto y tan realista que el cliente diga: “Ok, eso sí se los creo”.
La gente ya no cree palabras. Quiere comprobar.
Cuando armamos una campaña siguiendo esas tres preguntas, el creativo sale solo, la venta avanza sin empujar tanto, y el equipo deja de andar apagando incendios.
Ese día entendí algo que todo dueño, director y gerente debería tener pegado en la pared:
Las campañas que funcionan no son las más bonitas.
Son las que despejan una duda, prometen algo real y lo demuestran en corto.
Lo demás… puro relleno