Walter White en calzones.
La historia empieza en una oficina gris. Fluorescentes zumbando.
Café recalentado.
Un equipo viendo la mesa
como si esperaran que las ideas cayeran del cielo.
El jefe, uno de esos que quiere resultados ya, suelta la típica:
"A ver, propongan algo bueno".
Y ahí es donde empieza la muerte lenta de cualquier proyecto.
Porque nadie se atreve a decir lo obvio:
No puedes sacar oro azul sin primero embarrarte de tierra.
Ahí es cuando entra nuestro protagonista: un creativo terco, medio obsesivo,
con el look de alguien que ha dormido tres horas y ha pensado veinte.
Tipo Walter White, cuando todavía era un profe subestimado.
Y hace algo que parece insignificante:
Agarró el pizarrón… y escribió una sola palabra enorme: TODAS.
"Vamos a sacar todas las ideas". Las buenas, las malas, las absurdas,
las que nos podrían correr si las decimos fuerte. Nadie juzga nada.
Todos piensan.
Todos hablan.
La sala se incomodó.
El jefe frunció el ceño.
Y así, idea tras idea, como si todos hubieran inhalado algo químico en ese cuarto, empezaron a escribir sin freno.
30 ideas.
45 ideas.
57 ideas.
Ninguna perfecta.
Pero todas vivas.
Y ahí está la magia: la creatividad no nace pulida… nace salvaje.
Es puro Walter White en calzones arrastrando un RV por el desierto.
De esa tormenta de ideas (ese caos que nadie quería), salió una sola propuesta
que nadie habría visto si hubieran empezado de forma seria.
La innovación empezó el día que dejaron de buscar la idea correcta…
y empezaron a buscar todas.
El desastre abre la puerta.
El proceso la cierra.
Y en medio… aparece la obra maestra.