Bachoco: La plática informal que creó una marca inolvidable.
En 1984, un huevo apareció con sombrero de chef.
No era un influencer.
No era un empaque nuevo.
No era una celebridad sonriendo frente a una mesa familiar.
Era un huevo rojo.
Un fondo sobrio.
Una frase sencilla: Un huevo de alta cocina.
Y con eso empezó una de las historias más inteligentes de la publicidad mexicana.

Porque Bachoco no tenía un producto glamoroso.
Vendía huevo y pollo.
Vendía eso que está en el refrigerador, en el mercado, en la bolsa del mandado, en la mesa de una familia mexicana que no está pensando en branding cuando pregunta cuánto cuesta el kilo.
Ese era el problema.
Porque cuando vendes algo tan común, tan necesario, tan cotidiano, el mercado te puede meter en una prisión silenciosa: la prisión del precio.
Si el cliente no ve diferencia, compara precio.
Si compara precio, te exige descuento.
Si te exige descuento, tu margen se vuelve rehén.
Y si tu margen se vuelve rehén, tu marca deja de mandar.
Bachoco entendió que un commodity necesita marca más que nadie.
No porque el producto sea débil.
Sino porque el producto, por sí solo, no siempre tiene suficiente historia para defender su precio.
La plática que abrió el cascarón.
La escena no empieza en una sala de juntas llena de consultores.
Empieza en una plática informal.
De un lado estaba Eduardo Robinson Bours, entonces directivo de una empresa familiar sonorense que ya llevaba décadas vendiendo huevo y pollo.
Del otro lado estaba José Alberto Terán, publicista, fundador de una de las agencias más importantes de México.
¿Cómo haces que la gente recuerde una marca cuando vendes algo que parece igual a lo que vende el de junto?
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