Cuando las marcas se vuelven borregos digitales.

Hubo un tiempo en que las marcas querían parecer grandes.

Hablaban con solemnidad. Usaban palabras limpias, música institucional, fotos perfectas y gente sonriendo demasiado.

Algunas exageraban. Otras aburrían.

Pero muchas, dentro de esa formalidad, construían algo importante: confianza.

Un banco no necesitaba hacerte reír. Necesitaba hacerte sentir que tu dinero no iba a desaparecer.

Un hospital no necesitaba bailar. Necesitaba hacerte sentir que estabas en buenas manos.

Una firma legal no necesitaba subirse a un trend. Necesitaba transmitir criterio, seriedad y control.

Una inmobiliaria no necesitaba actuar como influencer de comedia. Necesitaba venderte la idea de que una de las decisiones financieras más importantes de tu vida estaba siendo acompañada por alguien confiable.

Pero luego llegó TikTok.
Y muchas marcas se espantaron.

“Tenemos que ser así”.
No se preguntaron si ese tono era compatible con su categoría.

No se preguntaron si su cliente quería eso de ellos.
Si su marca tenía permiso cultural para comportarse así.

No se preguntaron si el humor reforzaba su posicionamiento o lo debilitaba.

Solo vieron que alguien se tiró al pozo y dijeron: “Pues vámonos todos”.

Como borregos con calendario de publicaciones.


El problema no es el humor. Es la imitación sin criterio.

La comicidad no es mala.

Al contrario: bien usada, puede volver a una marca más humana, más recordable y más compartible.

El humor puede bajar defensas, crear complicidad y convertir una verdad difícil en una conversación ligera.

Pero cuando una marca seria, sobria o aspiracional intenta comportarse como cuenta de memes, algo se rompe.

🤡
Sé que te gustan estos posts, pero solo puedes leer hasta esta parte del artículo con tu suscripción básica.

Si ya tienes Premium (¡gracias, cada vez somos más!), sigue leyendo la mejor parte.

Si no, prueba Premium sin costo por 10 días.