El hábito aburrido de Stephen King.
Hay una imagen romántica del escritor.
Un tipo sentado frente a una ventana.
Una tormenta afuera.
Una taza de café.
Una inspiración repentina.
Y de pronto la novela aparece.
Pero la realidad de Stephen King es mucho menos cinematográfica.
Y mucho más poderosa.
El escritor que empezó en una lavandería
Antes de vender millones de libros, Stephen King era un profesor pobre en Maine.
Vivía con su esposa en una casa pequeña.
El dinero apenas alcanzaba.
Para sobrevivir trabajaba en lo que encontraba.
Una lavandería industrial.
Clases de secundaria.
Pequeños artículos pagados por centavos.
Escribía en un escritorio improvisado.
A veces en la cocina.
A veces en el cuarto de lavado.
Sin agentes.
Sin contratos.
Sin lectores.
Solo una regla.
Escribir todos los días.
El ritual
Stephen King no espera inspiración.
No espera “sentirse creativo”.
Tiene un ritual.
Se sienta.
Escribe.
Y no se levanta hasta completar su cuota.
2,000 palabras al día.
Ni más épico.
Ni más romántico.
Solo repetición.
2000 palabras hoy.
2000 palabras mañana.
2000 palabras el siguiente día.
Cuando escribió Carrie, su primera novela publicada, lo hizo así.
Palabra por palabra.
Día tras día.
El momento que casi cambia la historia
La historia de Carrie es famosa por otra razón.
Stephen King tiró el manuscrito a la basura.
No le gustaba.
Pensó que nadie querría leer una historia sobre una adolescente con poderes telequinéticos.
Fue su esposa Tabitha King quien lo rescató del bote de basura.
Lo leyó.
Y le dijo algo simple:
“Termínalo.”
Ese libro terminó vendiendo millones de copias
y convirtió a King en uno de los autores más leídos del planeta.
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