La objeción del cliente no es tu enemigo: es tu mapa.
A mí me pasó una vez.
Estaba frente a un prospecto que ya había escuchado todo: la promesa, el proceso, los entregables, los tiempos, el precio. Todo estaba sobre la mesa, como esas cartas que uno pone boca arriba cuando ya no quiere jugar al misterio.
El hombre miró la propuesta con cara de quien mira una cuenta de restaurante y sospecha que le cobraron el pan.
"Tu competencia me cobra menos", dijo.
No lo dijo con enojo.
Lo dijo con esa calma que a veces usan los clientes cuando creen que acaban de encontrar el punto débil de uno.
Y ahí, por un segundo, apareció el viejo reflejo del vendedor inseguro: justificar, explicar, defender, adornar. Decir que somos mejores. Que tenemos más experiencia. Que el servicio incluye esto y aquello. Que el precio se debe a la calidad, al seguimiento, al método, al compromiso.
La letanía de siempre.
Pero me mordí la lengua.
Porque entendí que esa frase no era una amenaza.
Era una invitación.
Entonces le dije algo muy simple: "Sí, seguramente son más baratos. ¿Por qué crees que nosotros costamos más?"
Se hizo un silencio pequeño.
De esos silencios donde el cliente deja de pelear con tu precio y empieza a pelear con su propia comparación.
El hombre bajó la mirada otra vez hacia la propuesta. Movió la hoja. Se rascó la frente. Y empezó a decir, casi sin darse cuenta, todo lo que yo no tenía que decir.
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Tal vez tu competencia ya tiene acceso y le está sacando provecho.