El cajero automático: la IA del pasado que nos enseña sobre el futuro.

La máquina abajo. El humano arriba. Automatización para lo predecible. Personas para lo ambiguo.


En septiembre de 1969, en una pared de un banco de Nueva York apareció una máquina que no necesitaba dormir.

No pedía vacaciones.
No llegaba tarde.
No tomaba café.

Y, sobre todo, podía entregar dinero cuando el banco estaba cerrado.

Era difícil mirar aquella caja de metal y no llegar a una conclusión bastante razonable: si una máquina puede hacer el trabajo del cajero, tarde o temprano sobrará el cajero.

La historia de la tecnología está llena de conclusiones razonables que terminaron chocando contra la realidad.

Porque una empresa no es una ecuación estática.

Cuando cambia el costo de hacer algo, también cambia todo lo que se puede hacer después.


Durante los siguientes años los ATM aprendieron más cosas.

Primero entregaban efectivo. Después recibían depósitos, transferían dinero entre cuentas y se conectaron con los sistemas centrales de los bancos.

Y a partir de mediados de los noventa, su instalación se aceleró.

Para 2015 había más de 400,000 cajeros automáticos en Estados Unidos.

Parecía la sentencia definitiva para el empleado detrás de la ventanilla.

Incluso Barack Obama utilizó el ejemplo en 2011, cuando Estados Unidos todavía lidiaba con las consecuencias de la crisis financiera.

Dijo esto:

💸
Pausa.

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