La vaca morada vuelve a ser ganado común.

Había una vez una vaca morada.

No hacía mucho.
Solo estaba ahí.
Distinta.

En un campo lleno de vacas iguales, su rareza era suficiente para detener el carro, sacar la cámara y contarle a alguien.

Seth Godin la convirtió en una lección de marketing: en un mundo saturado, lo normal se vuelve invisible.

Pero eso fue antes.

Antes de que cualquier marca pudiera pedirle a una máquina:
“hazme un diseño premium, minimalista, emocional, cinematográfico, con tonos cálidos, estilo editorial, alto impacto, muy viral”.

Y la máquina obedeciera.

Una vez.
Diez veces.
Mil veces.

Hasta que el mundo se llenó de vacas moradas falsas.
Vacas moradas que no mugen, no huelen, no pisan lodo y no tienen historia.

Parecen distintas.
Pero nacieron del mismo prompt.

Y ese es el nuevo problema del marketing.

No que falte contenido.
Sobra.


La IA no clonó a las marcas. Solo reveló cuántas marcas ya pensaban como clones.

Democratizó la producción.
Eso suena bonito, pero tiene doble filo.

Cuando todos pueden diseñar, editar, escribir y publicar con calidad “aceptable”, la calidad aceptable deja de valer. Se vuelve commodity.

Antes una marca mediocre se escondía detrás de la falta de presupuesto.

Ahora ya no tiene esa excusa.
Ahora puede producir.

Y justamente por eso queda más expuesta.

Porque cuando una marca con IA sigue pareciendo igual a todas, el problema ya no era la herramienta.

Era la ausencia de punto de vista.

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