Nadie se río de Los Beatles cuando ya estaban facturando.
“No nos gusta su sonido.”
Eso le dijeron a unos muchachos de Liverpool.
No traían traje de genios.
Traían guitarras.
Y eso era precisamente el problema.
“Los grupos de guitarra van de salida”, dijeron, o al menos así quedó escrita la leyenda.

Era 1962.
Y el experto hizo lo que suelen hacer los expertos cuando el futuro todavía no se peina bien: lo evaluó como si fuera presente.
Ahí está el pecado.
No rechazan la idea porque sea mala.
La rechazan porque todavía no existe el mundo donde esa idea tiene sentido.
The Beatles.
En 1985, el New York Times publicó una predicción deliciosa.
La computadora portátil, decía el artículo, era una máquina de ensueño para unos pocos. La gente no querría cargar una computadora a la playa, al tren o a cualquier lugar donde podría mejor leer el periódico.
Y uno puede entenderlo.
Las primeras laptops eran pesadas, caras, torpes, con baterías flojas y menos sex appeal que una junta de condóminos.
Pero ese era exactamente el error.
El artículo no estaba viendo la laptop.
Estaba viendo la versión primitiva de la laptop.
Confundió el defecto temporal del producto con el destino permanente de la categoría.
Y casi siempre vienen de alguien que está juzgando una ola desde la comodidad de la orilla.
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