Sabritas: La bicicleta que construyó una marca.
En 1943, en la colonia Morelos de la Ciudad de México, Pedro Marcos Noriega y su esposa Guadalupe tenían un pequeño negocio de botanas que difícilmente podía imaginar el tamaño que alcanzaría décadas después.
Preparaban papas fritas, habas, cacahuates y chicharrones en casa. Los empacaban en pequeñas bolsas de celofán y los distribuían por las calles utilizando bicicletas con grandes canastas de mimbre.
Tenían un producto que gustaba y la determinación de llevarlo hasta donde alguien pudiera comprarlo.
El negocio fue creciendo y, cuando llegó el momento de registrarlo formalmente, el nombre original, Golosinas y Alimentos Selectos, no parecía suficientemente comercial.
Fue Guillermo, uno de los hijos del matrimonio, quien propuso unir dos palabras: sabrosas y fritas.
Así nació Sabritas.

Con los años llegaron las fábricas, los vehículos de reparto y una expansión que se aceleraría después de su adquisición por PepsiCo en 1966. Pero detrás del crecimiento había una lección que muchas empresas modernas siguen sin entender.
No basta con fabricar algo que la gente quiera comprar. También tienes que construir las condiciones para que pueda comprarlo.
Aquellas bicicletas no eran simplemente un medio de transporte. Eran parte de la estrategia comercial. Porque una bolsa de papas que no llegaba a la tienda era una venta que jamás tendría oportunidad de ocurrir.
La responsabilidad comienza donde termina la excusa.
Hace poco escuché una frase de una persona que hablaba sobre su responsabilidad al administrar una marca como NIDO, de Nestlé.
Una frase que, por sí sola, podría valer más que muchas clases universitarias de marketing: "Todo lo que se llame NIDO es mi responsabilidad, aunque no sea mi culpa".
La diferencia entre esas dos palabras es enorme.
Y tiene una explicación.
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