Tajín: El hombre que no sabía rendirse.
Hay algo curioso en las historias de los empresarios exitosos.
Cuando finalmente consiguen construir una gran compañía, todos quieren conocer el secreto de su éxito, pero pocos se interesan por la cantidad de veces que estuvieron a punto de quedarse sin nada.
Horacio Fernández Castillo nació en Guadalajara, Jalisco, y creció en una familia acomodada. Era uno de siete hermanos y su padre había construido un negocio importante en el sector de las gasolineras. Tenía, por decirlo de alguna manera, una puerta abierta hacia una vida empresarial relativamente cómoda.

Pero Horacio quería construir algo propio.
Comenzó vendiendo artículos de piel, después dulces, arroz, frijoles y otros productos. Abrió más de veinte pequeños negocios y, según relató años después a Forbes, todos terminaron fracasando.
Lo interesante es que no estamos hablando de un muchacho que simplemente no encontraba trabajo. Estamos hablando de alguien que tenía oportunidades, contactos y una familia empresarial, pero no encontraba un producto capaz de sostener su propia historia.
Hasta que descubrió que la respuesta llevaba años esperándolo en la cocina de su abuela.
El secreto de Mamá Necha.
Cuando Horacio era niño, su abuela, a quien todos llamaban Mamá Necha, preparaba una salsa con siete variedades de chile. Era tan popular entre la familia que bastaba anunciar que la abuela la había preparado para reunir a todos alrededor de la mesa.
A Horacio le encantaba ponerle esa salsa a los elotes recién cocidos. Sin embargo, había un pequeño inconveniente: la salsa escurría, requería preparación y no era precisamente un producto que pudiera llevarse fácilmente a cualquier lugar.
En 1980, durante una feria de alimentos en Chicago, Horacio comenzó a pensar en la oportunidad de llevar los sabores mexicanos a un mercado estadounidense que todavía conocía muy poco de nuestra gastronomía.
Entonces recuperó aquel recuerdo familiar y ahí todo empezó.
Te voy a contar la pregunta que se hizo:
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