Andre Agassi: el precio de ganar una vida que no elegiste.
El éxito, las apariencias y lo que pasa cuando confundimos exigir resultados con dar razones para conseguirlos.
En 1990, Andre Agassi llegó a la final de Roland Garros con una preocupación que no aparecía en el marcador: que no se le cayera el pelo.
Tenía veinte años.
Frente a él estaba Andrés Gómez y la oportunidad de ganar su primer título de Grand Slam.
Pero, la noche anterior su postizo había comenzado a deshacerse. Su hermano lo ayudó a sujetarlo con pasadores. Mientras el público esperaba una demostración de talento, Agassi temía que un movimiento terminara exhibiendo su secreto.

Perdió aquella final. Años después explicaría cuánto lo había distraído esa posibilidad.
La escena parece una broma hasta que uno entiende lo que había detrás. La melena era parte de un personaje que el mundo reconocía: joven, desafiante, seguro de sí mismo. Quitársela significaba exponerse ante millones de personas cuando ni siquiera él tenía claro quién era debajo.
Un año antes había protagonizado un anuncio de Canon con una frase que acabaría persiguiéndolo: “Image is everything”. La imagen lo es todo.
Era publicidad para una cámara, pero terminó funcionando como un juicio sobre su personalidad.
La contradicción estaba servida: el hombre que vendía seguridad tenía miedo de ser descubierto. Y el deporte que lo había convertido en una celebridad era el mismo que confesaba odiar.
Para entenderlo hay que retroceder hasta un niño frente a una máquina.
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