Coca-Cola encabeza el cementerio de las grandes ideas.
Coca-Cola presentó al mundo una bebida que, según sus investigaciones, tenía todo para ganar.
Era 1985.
Durante meses había realizado pruebas de sabor. Cerca de 200,000 consumidores habían participado y, en muchos de aquellos estudios a ciegas, la nueva fórmula obtenía mejores resultados que Pepsi y que la propia Coca-Cola de siempre.
Los números hablaban.
Así que Coca-Cola hizo lo que parecía lógico: cambió la receta.

Y entonces descubrió que los consumidores habían contestado una pregunta distinta.
Les habían preguntado: ¿Cuál sabe mejor?
Pero nadie les había preguntado: ¿Qué sentirías si te quitáramos la Coca-Cola que has bebido toda tu vida?
La respuesta llegó en forma de llamadas, cartas, protestas y consumidores exigiendo que regresara la fórmula original.
New Coke sobrevivió apenas 79 días antes de que Coca-Cola anunciara el regreso de Coca-Cola Classic.
No había fallado la investigación.
Había fallado la pregunta.
Las empresas también se enamoran.
Nos gusta imaginar que los grandes fracasos empresariales ocurren porque alguien fue incompetente.
Es más cómodo pensarlo así. Pero muchas veces ocurre exactamente lo contrario.
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