El funeral del funnel de ventas.

La historia de una venta que tardó veinte segundos. Según quien contó la historia.


El lunes que enterraron al funnel de ventas no hubo flores.

Hubo café tibio, una pantalla compartida y un video de un hombre que hablaba con la seguridad de quien nunca había tenido que pagar la nómina de los demás.

Rodrigo puso el teléfono sobre la mesa.

Llevaba once años vendiendo cocinas y los últimos seis meses preguntándose por qué cada vez costaba más conseguir a alguien que quisiera comprarlas. Había probado anuncios, promociones, formularios. Tenía una carpeta de cotizaciones pendientes que ya parecía archivo histórico.

En el video, el hombre anunció que los embudos de venta habían muerto. Ahora bastaba un buen contenido: conectar, emocionar, vender. Veinte segundos podían hacer el trabajo que antes exigía semanas.

Rodrigo sintió alivio. Al fin alguien le decía que podía quitarse de encima aquella maquinaria de seguimientos, preguntas y clientes que necesitaban consultarlo con su pareja.

"Esto es lo que necesitamos", dijo.

Lucía, encargada de atender los mensajes, miró su libreta.

Allí tenía nombres, medidas, presupuestos y pequeñas confesiones domésticas: una señora que llevaba años ahorrando; un matrimonio que acababa de comprar casa; un hombre que preguntaba mucho porque el carpintero anterior había desaparecido con el anticipo.

"Podemos hacer los videos", respondió.
"¿Y qué hacemos con los que todavía están decidiendo?"

Rodrigo volvió a mirar la pantalla, como si la respuesta pudiera encontrarse debajo del botón de compartir.


Durante las semanas siguientes, el negocio aprendió a comportarse frente a una cámara.

Las puertas cerraban en sincronía con la música.

Las cubiertas aparecían después de una transición. Las cocinas viejas se convertían en cocinas nuevas con un movimiento de mano. El polvo, los ajustes y los problemas de instalación quedaban fuera del encuadre.

Uno de los videos despegó y entonces, esto sucedió:

🍳
Pausa.

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