La junta que sigue costando cuando ya terminó.
Dave era vicepresidente senior de un gran banco en Estados Unidos.
Sus evaluaciones como jefe eran buenas. Sabía conversar con su gente, daba seguimiento, resolvía problemas y se consideraba, incluso, mejor que muchos de sus colegas dirigiendo reuniones.
Hasta que llegaron los resultados de una evaluación 360.
Sus empleados tenían otra versión.
Describieron sus juntas con una expresión que no necesita demasiada traducción: “A time suck.”
Un agujero negro de tiempo.
Decían que Dave convocaba demasiadas reuniones, permitía que unas cuantas personas monopolizaran la conversación y, después de mucho hablar, el grupo terminaba sin haber pensado demasiado ni decidido gran cosa.
Dave quedó sorprendido.
Él creía que sus juntas funcionaban.
Y quizá ése sea uno de los problemas más peligrosos de las reuniones: quien las organiza rara vez siente que está desperdiciando el tiempo.
El desperdicio lo sienten los demás.
Hay científicos que estudian juntas.
Steven G. Rogelberg lleva décadas investigando algo que durante mucho tiempo las empresas trataron como una simple molestia corporativa.

Las reuniones.
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