La muerte del consumidor promedio.
Las marcas atrapadas en el medio están perdiendo relevancia, margen y clientes.
El letrero de Sears todavía cuelga sobre la entrada.
No porque la tienda continúe viva, sino porque los fantasmas también necesitan un nombre. Debajo del techo de cristal, las escaleras eléctricas conducen hacia locales vacíos. La luz entra, pero ya no alumbra ninguna promesa.
Durante décadas, ese centro comercial vendió algo más grande que refrigeradores, camisas y televisores. Vendió una versión ordenada del futuro: estudiar, conseguir empleo, comprar una casa, cambiar de automóvil cada cierto tiempo y llevar a los hijos a caminar los domingos entre aparadores.

No era riqueza. Era pertenencia.
La clase media fue el territorio donde millones de personas aceptaron moderar sus deseos a cambio de estabilidad. Y las marcas aprendieron a hablarle a ese ciudadano prudente, aspiracional y predecible.
El problema es que el letrero sigue ahí.
Pero el ciudadano ya no.
El gran contrato del medio.
Eugene Healey, estratega y educador que estudia la relación entre publicidad, cultura y deseo, lo plantea en su nueva pieza, The Death of the Middle: durante buena parte del último siglo, ocupar el centro fue la decisión más segura tanto para las personas como para las marcas.
Healey ha resumido su enfoque con una frase particularmente útil:
Y con ella, normalmente podrías leer solamente hasta este punto del artículo.
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