Los pequeños premios: las mayores oportunidades de negocio.
El futuro se volvió caro. El lujo cabe en la mano.
Eran las 7:15 de la mañana. La fila avanzaba despacio y la gente llevaba en el rostro esa resignación de quien sospecha que el lunes comenzó antes que uno.
Ahí estaba él. Pidió el café caro. El que no necesitaba.
Podría haber elegido el chico, preparado uno en casa o guardado esos pesos para algo más sensato. Pero no lo hizo, porque aquel vaso caliente no era solamente café.
Era una declaración en silencio: “Todavía tengo control sobre algo.”

Mientras la renta sube, viajar se posterga y comprar una casa empieza a parecer una broma pesada, ese café era una victoria mínima. Pequeña, portátil y disponible antes de las ocho de la mañana.
No iba a resolver su vida. Pero, durante unos minutos, la hacía más soportable.
Antes aspirábamos en grande: la casa, el automóvil, el viaje, la boda, la oficina propia.
Hoy también aspiramos en fragmentos: un latte, una fragancia, un corte de pelo, un postre, unos audífonos nuevos o ese accesorio innecesario que hace que el día se sienta un poco menos ordinario.
Las grandes metas no murieron.
Solo se alejaron.
¿Cómo es esto?
Aquí vamos.
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