Normalmente llega en calzones.

Tal vez tu próxima junta debería empezar distinto.


Mucho antes de que las oficinas se llenaran de Post-its de colores y alguien con plumón dijera: “Vamos a hacer un brainstorming”, hubo un publicista que empezó a sospechar que las juntas estaban matando las ideas.

Se llamaba Alex Osborn.

Y no era precisamente un desconocido.

Su apellido terminaría siendo la última letra de BBDO, una de las agencias de publicidad más importantes de la historia.

Pero a finales de los años treinta Osborn tenía un problema.

Había reunido gente talentosa. Creativos. Redactores. Ejecutivos. Personas perfectamente capaces de imaginar cosas nuevas.

Y aun así, cuando las sentaba juntas alrededor de una mesa, ocurría algo extraño: dejaban de ser creativas.

Alguien proponía una idea. Otro encontraba inmediatamente el problema.

"Muy caro".
"El cliente nunca lo va a aprobar".
"Ya se intentó algo parecido".
"No creo que funcione".
"Está demasiado loco.

Y asunto cerrado.

Una idea podía vivir diez segundos antes de que alguien encontrara una razón bastante sensata para asesinarla.

Osborn empezó a notar el patrón.
El problema no era que faltaran ideas.
El problema era que estaban juzgándolas demasiado pronto.

Entonces hizo algo que, visto desde hoy, parece obvio.
En aquella época no lo era.

💡
Pausa.

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