Oigan: ¿y los NFT?
Un día, internet amaneció con fiebre.
De pronto, un chango digital valía más que una casa.
No era fiebre de comunidad.
No era fiebre de tecnología.
No era fiebre de arte.
Era fiebre de “cómpralo hoy porque mañana no vas a alcanzar”.
Una imagen pixelada se vendía como si fuera un Picasso con WiFi. Un influencer con lentes oscuros decía “esto va a cambiar la economía digital”, y miles de personas abrían una wallet sin entender si estaban comprando arte, membresía, inversión, pertenencia o humo con certificado.

Las marcas también se formaron.
Nike. Starbucks. Porsche. Meta. GameStop. CNN. Liverpool. Budweiser. Adidas. Gucci. Todos querían tener su “momento Web3”. Nadie quería ser el dinosaurio que no entendió la nueva ola.
Porque en marketing hay un miedo más fuerte que perder dinero: parecer viejo.
Y los NFT llegaron justo a tocar ese nervio.
Prometían propiedad digital. Acceso exclusivo. Nuevas economías para creadores. Lealtad de marca. Status. Reventa. Royalties eternos.
Fans convertidos en socios. Clientes convertidos en coleccionistas. Marcas convertidas en mundos.
Sonaba hermoso.
Hasta que el mercado hizo lo que siempre hace cuando el relato pesa más que el valor: apagó la música.
Y cuando se prendieron las luces, muchos descubrieron que no tenían una revolución.
Tenían una imagen en la blockchain que nadie quería comprar.
La gran trampa: confundimos tecnología con mercado.
El error no fue pensar que los NFT podían tener futuro.
Este fue:
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